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¿Soy yo o son los demás? - Claves para metabolizar actitudes negativas

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Claves para metabolizar actitudes negativas
20/06/2011 11:09 am

¿Cómo asimilar la hostilidad ajena? En todos los ambientes de nuestra vida nos enfrentamos con actitudes negativas que nos contaminan y nos hacen mal, de esto siempre son responsables los otros. Ahora, ¿Qué pasaría si asumiéramos en primera persona este problema? ¿Es conveniente creer que lo malo siempre viene de los demás?

En nuestro mundo, ¿quién no se ha preguntado cómo procesar las agresiones, la hostilidad, el mal humor, la indiferencia, el cinismo, la envidia, la tristeza, la apatía o el agobio de quienes nos rodean (para no hablar del “clima” emocional de los medios de comunicación)?

Desmenucemos la cuestión.
Uno: ¿cómo metabolizar? Es decir: cómo hacer lo que hay que hacer.
Dos: ¿qué son las actitudes negativas o “pasiones tristes”, como las definía el filósofo holandés, Baruch Spinosa?
Tres: “los demás”, ¿son siempre su fuente?

Uno: un digestivo por favor

El término “metabolizar” dice mucho. El proceso metabólico más familiar es la digestión. Así que las actitudes negativas se ingieren, se nos “meten dentro” y ahí quedan. Es decir: la negatividad es una comida que indigesta. Habría que degradarla para asimilarla y excretar sus restos todo esto “sin intoxicarnos”.

Es una buena metáfora, que requiere de un comentario: algunos animales (en especial ciertas aves) para ayudarse a digerir alimentos coriáceos, tragan piedras. Estos guijarros van a parar a la molleja donde arman una auténtica piedra de moler que se llaman “gastrolitos” (piedras gástricas) ¿Qué gastrolito anímico podemos incorporar? Y, ¿qué antítodo hay para los “tóxicos” de la negatividad?

Dos: actitudes negativas

Ahora bien, para “combatir” algo o “digerirlo” hay que saber qué es. Para precisar lo “negativo” se propusieron al comienzo algunos sinónimos: agresión, hostilidad, indiferencia, tristeza etcétera…

Baruch Spinoza, filósofo holandés del siglo XVII, llamaba a estos estados de ánimo “pasiones tristes” y, según él, son expresión de una caída de nuestra potencia. Potencia es, para este autor, nuestra “vitalidad”, nuestra capacidad para afirmarnos como seres deseantes, sensibles, inteligentes, autónomos y activos. Es decir, positivos.

¿Qué serían, según esto, las actitudes negativas?

Actitudes cargadas con alguna pasión triste y que, como consecuencia, promueven en nosotros esas pasiones. ¿Qué pasa si nos agreden? Nos asustamos y nos deprimimos o nos cargamos de ira y nos resentimos. ¿Y si nos tratan con apatía e indiferencia? Nos desolamos. ¿Qué hay si nos frustran o hablan mal de nosotros? Nos ofendemos y sentimos rabia. Consecuencia general: quien actúa desde una “pasión triste” despierta en otros pasiones igualmente tristes.

Negativo: triste, reactivo, débil

Lejos de expandir nuestro ser, estas pasiones lo menoscaban. Nietszche diría que nos ponemos “reactivos”, a la defensiva. Nos sentimos amenazados (la principal “pasión triste” es el miedo) y actuamos en consecuencia, encerrándonos o agrediendo. Esto nos quita la libertad de vivir a partir de nuestros proyectos y deseos, con alegría y desenfado. Potentes, dejamos de ser autónomos. Pasamos a depender de lo que queremos apartar: nos debilitamos, somos en función de aquello de lo que nos defendemos: esos “otros” y su “negatividad” que espejamos. La perspectiva sistémica nos enseña que, de este modo, se arman “circuitos” en los que quedamos atrapados que se amplifican y refuerzan con el tiempo.

El más clásico es el gran tema literario de la venganza (y su versión “doméstica”: reclamo y retaliación). Pero hay otros: mentira y ocultamiento; lucha por tener la razón o el control, etcétera. Esto nos da algunas pistas y nos lleva al tercer punto.

¿Son los demás o somos todos?

Recordemos la pregunta inicial: ¿cómo metabolizar las actitudes negativas de los demás? Es decir, desde el enunciado, el problema son los demás; si no fuera por ellos, yo viviría lo más positivo y alegre de la vida. Ahora bien, para “el otro”, ¿no soy yo uno de “los demás”? Es decir, si leyéramos esta nota en grupo –pongamos por caso- entre todos compañeros de trabajo, ¿quiénes serían “los demás”?

Para cada uno: “los otros” serían todos los demás. Pero lo más probable es que cada uno diga, en su fuero interno: “Claro, ¡yo no tengo actitudes negativas! Son los demás y, bueno, yo reacciono”. Ahora bien, si todos están en lo cierto, nadie es responsable, nadie “genera” negatividad. Dicho en términos alimentarios como al comienzo: ninguno de nosotros “prepara y sirve” el plato tóxico.

Entonces… ¿De dónde sale? Esta suposición de base –“el problema son los demás: yo reacciono”- es “lo reactivo” mismo. Pero decir “reactivo”, es decir, triste, y negativo con lo cual, resulta que estoy desde el vamos en una actitud negativa. Débil, de potencia caída, de pasiones tristes: tengo miedo a los demás y soy irresponsable respecto de mis emociones y mis actos. Estoy a la defensiva, no cuento conmigo para vivir “como me gusta” sino como los demás manden. Así, es difícil “metabolizar” las actitudes negativas de los demás porque yo mismo aporto negatividad: recelo, hostilidad, irresponsabilidad, inseguridad.

¿Y por casa cómo andamos?

Para metabolizar la negatividad “ajena” hay que empezar por la propia. Y reconocer dos cosas. Primero: Es mi negatividad la que se activa ante las actitudes negativas de otros. De hecho, llamamos “sabio” a quien no entra en ese juego de la negatividad y afirma su positividad más allá de las circunstancias. Decimos que es “más sabio” reírse de las ofensas; no sentir celos; no ponerse violento ante una agresión; perdonar, no resentirse…. Para ello, sin embargo, hay que “ser positivo”. Es decir: estar seguro de quién se es y qué se quiere, y afirmar, cada día, ese modo de vivir propio. Esto, en el lenguaje de Spinoza, es alegría, y es lo que sentimos cuando crece nuestra potencia de ser.

Segundo: soy yo quien considera negativas las actitudes ajenas. Con lo cual, atribuyo mala intención desde el inicio, aun sin darme cuenta, espero “la mala onda”. Y con ello fomento la negatividad ajena aportando la propia, así sea en el registro “débil” del recelo.


Antídoto y gastrolito

En dos palabras: en cada gesto, palabra y actitud cada uno propone siempre una forma de vincularse. Si esa forma está tramada por emociones de confianza en sí mismo, respeto por los demás, alegría de vivir y buena disposición, lo que uno aporta al vínculo es positivo, y eso debilita la posible negatividad de los demás.

Entonces, para metabolizar ese tóxico que es la negatividad ajena y propia, el antítodo más potente es aceptarse a sí mismo y ser autónomo: saber qué quiero y cultivar el “tono emocional” en que me gusta vivir más allá de cómo accionen los demás (presas ellos también, recordémoslo, de su inseguridad, de su temor a que otros “los bombardeen con actitudes negativas”).

Si sé qué busco, si siento respeto por mí mismo y no estoy en una actitud de queja y reclamo ante el mundo sino que me hago activo responsable de mi forma de vivir, las actitudes negativas de los demás me afectarán superficial y pasajeramente. No me torturarán.

El gastrolito más eficaz es un compuesto de esa misma auto-confianza (que amortigua agresiones y “malas ondas”) de interés y comprensión por los demás (lo que atempera hostilidad y resentimiento). Esto me permite desactivar su hostilidad y cultivar reacciones firmes pero amables ante su negatividad. Con lo cual, los demás suelen descolocarse, e incluso adoptan “actitudes positivas”.

Es que ellos también esperan de mí esa “negatividad”, y “gruñen”. Si cortamos el círculo y los tratamos con respeto y cortesía, los demás tenderán a deponer su negatividad y la propia no se activará. O lo hará de modo débil y pasajero.

Reflexión

Si al encontrarnos con un perro sentimos miedo, casi seguramente nos ladrará. Pensamos que este “huele miedo” y “se aprovecha”. En verdad, frente a nuestro recelo –que implica hostilidad- es él quien siente miedo y reacciona. Si, en cambio, somos amigables y ofrecemos con paciencia un acercamiento, el recelo del perro casi siempre cederá y el encuentro será amistoso. Los humanos, mamíferos al fin, tenemos los mismos mecanismos, cultura y lenguaje mediante.

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